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EPIDEMIA CONSUMISTA

Marzo 20th, 2010 · No Comments · Fundamentos de Tecnología

  • Entre Balí y Copenhague. I Encuentro Internacional Cambio Climático - Carbono Neutral 2009”, Manuel Guzmán Hennessey (Compilador), Editorial Universidad del Rosario, Pags 62-64, 2009.

«Todos los habitantes del planeta, salvo contadísimas excepciones —algunos pueblos aborígenes aún no subsumidos por Occidente; algunas comunidades religiosas, algunas comunidades desplazadas por la violencia, parte importante de la población reclusa o internada— estamos entrampados en la epidemia consumista. Esta opera de forma similar a una epidemia que se contagia por el mero contacto entre las personas. Tomemos el ejemplo de una persona proveniente de un lugar donde no existan supermercados o centros comerciales, ni una afluencia o acceso fácil a bienes de todo tipo como los producidos en nuestras sociedades de consumo masivo. Bastarán unas pocas visitas acompañando a algún consumidor experimentado para que nuestro “Emilio” se contagie de la fiebre consumista y se autoinstale el virus, bacteria o chip que gobernará sus conductas futuras como consumidor.
No hay vacunas de ningún tipo para esta epidemia. Esto lo demuestra, incluso, el propio caso de las experiencias realizadas en aquellas sociedades en las cuales se ha buscado establecer controles externos (institucionales) al consumo, pues terminan inevitablemente produciéndose filtraciones de toda índole, en todos los sentidos; comenzando por la incoherencia de los propios predicadores de la ortodoxia anticonsumista (se consume en privado lo que se critica en público).
Es incluso muy probable que se pueda llegar a vivir en una sociedad autoritaria, posiblemente de carácter ecofacista o capital-comunista (como está de moda en estos días), en la cual, haciendo uso de tecnologías de control y de bienes o artefactos producidos para estos efectos, se podría intentar curar la epidemia, apelando al consumo-uso de bienes o artefactos controladores. Algo de eso se está viviendo ya: tecnologías de control del uso de Internet o de los teléfonos, pero también del consumo de agua, electricidad, gas.
Todo ello responde a que ha nacido, como lo señala Gilles Lipovestki, “un Homo consumericus de tercer tipo, una especie de turboconsumidor desatado, móvil y flexible, liberado en buena medida de las antiguas culturas de clase, con gustos y adquisiciones imprevisibles…” (2007, p. 10).
Este turboconsumidor, como lo señala José Antonio Marina, surge en una nueva economía “que deja de ser economía de la demanda para convertirse en economía de la oferta. Su función es producir sujetos deseantes o, lo que es igual, hacer a los individuos conscientes de sus carencias, obligarles a que se sientan frustrados, fomentar la envidia hacia el vecino, inducir una torpe emulación inacabable, para ofrecer después una salida fácil a su decepción: comprar. Los psiquiatras saben que comprar puede convertirse en una adicción, y el común de los mortales reconocemos que comprar es un gran ansiolítico. Barman se refiere a las delicias del ‘dejarse llevar’ del comprador. Como dicen los técnicos de publicidad, una persona insatisfecha es mejor cliente que una satisfecha. Así, las cosas, la propaganda se convierte en diseminadora inevitable de ansias e insatisfacciones”. (2007, p. 19).
Pero esta hipertrofia del mercado que produce insatisfacción porque produce necesidades y apetencias que solo pueden ser efímeramente satisfechas, y que busca mantener encendido el fuego del deseo produce a su vez “una frustración inevitable y permanente, una tantalización continua, porque ni todas las cosas ofrecidas van a poder conseguirse, ni, en el caso de conseguirlas, van a producir la felicidad anunciada. Ahora bien, los psicólogos saben que una decepción duradera tiene dos derivaciones emocionales: la depresión y la violencia. No me extraña que, como señaló el último congreso mundial de psiquiatría, éstas vayan a ser probablemente las dos epidemias más temibles del siglo XXI” (2007, p. 22).
En diversos trabajos anteriores hemos señalado que esto ocurre porque las creencias que están instaladas en nosotros lo permiten; con otras creencias posiblemente ocurriría algo distinto».

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