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EL FIN DE LA SOLEDAD

Marzo 29th, 2010 · No Comments · 12. TIC

  • William Deresiewicz, Revista El Malpensante, No 105, febrero de 2010.

Lejos de los otros, pero con su permanente compañía imaginaria, la generación de internet y las redes sociales ha crecido sin darse cuenta de lo que es estar solos un instante. Antes de que sea completamente desterrada de nuestras vidas, el autor vuelve los ojos hacia la casi extinta soledad.

«El ideal romántico de la soledad se desarrolló en parte como reacción al surgimiento de la ciudad moderna. En la modernidad, la ciudad no solamente es más amenazante que nunca, sino que se ha vuelto inevitable, se ha convertido en un laberinto: la Londres de Eliot, la Dublín de Joyce. La turba (la masa humana) oprime. El infierno son los otros. El alma es obligada a recluirse en sí misma: de ahí el advenimiento de una forma más austera, de una forma más agresiva de autoconfirmación, la “autenticidad” de Trilling, donde la relación esencial es solamente con uno mismo. (Así como hay pocas buenas amistades en la modernidad, también hay pocos buenos matrimonios.) La soledad se convierte, más que nunca, en el terreno del autodescubrimiento heroico, un viaje por reinos interiores convertidos en vastos y aterradores gracias a las visiones de Nietzsche y de Freud. Alcanzar la autenticidad es mirar de frente esas visiones sin estremecerse. El mejor ejemplo de Trilling es Kurtz. El autoexamen protestante se convierte en el análisis freudiano y el héroe de la cultura, que alguna vez fue un profeta de Dios y luego un poeta de la naturaleza, es ahora el novelista del yo: un Dostoievski, un Joyce, un Proust.
Pero ya no vivimos en la ciudad moderna y nuestro más grande miedo no es la asfixia de la masa sino el aislamiento de la manada. La urbanización dio lugar a la suburbanización y con ésta vino la amenaza universal de la soledad. Lo que exacerbó las tecnologías del transporte –podíamos vivir cada vez más separados– fue restaurado por las tecnologías de la comunicación –podíamos estar cada vez más cerca. O por lo menos, eso es lo que hemos creído. La primera de estas tecnologías, el primer simulacro de proximidad, fue el teléfono con su “Conectando a la gente”. Pero durante los setenta y los ochenta, nuestra soledad se acrecentó. Los suburbios, cada vez más alejados, se convirtieron en exurbios, es decir, en áreas rurales habitadas. La familia se hizo cada vez más pequeña o se disgregó, las mamás dejaron el hogar para irse a trabajar. De la chimenea electrónica pasamos al televisor en cada cuarto. Incluso en la niñez, y por supuesto en la adolescencia, todos estábamos atrapados en nuestro propio nido. Los altos índices de criminalidad y, peor aún, las crecientes tasas de pánico moral, desterraron a los niños de las calles. La costumbre de salir por el barrio con tus amigos, habitual en el pasado, se había vuelto algo impensable. El niño que creció entre las dos guerras mundiales, como parte de una extensa familia ubicada en una comunidad urbana bien unida, se convirtió en el abuelo de un niño que se sienta solo frente a un enorme televisor, en una enorme casa, en una enorme zona. Estábamos perdidos en el espacio.
En medio de esas circunstancias, internet llegó como una bendición sin paralelo. No podemos negarlo. Internet ha permitido que gente aislada se comunique entre sí y que personas marginadas se encuentren entre ellas. El padre ocupado puede estar en contacto con sus amigos lejanos. El adolescente gay ya no se tiene que sentir un extraterrestre. Pero como el tamaño de internet ha crecido, se ha vuelto inabarcable en muy poco tiempo. Hace diez años escribíamos correos en computadores de escritorio y los transmitíamos a través de una conexión telefónica. Ahora enviamos mensajes de texto desde nuestros celulares, montamos fotos en Facebook y somos seguidores de completos extraños en Twitter. Un constante flujo de contacto mediado, virtual, imaginario o simulado nos mantiene conectados al enjambre electrónico: aunque el contacto, o por lo menos el contacto persona a persona, resulta cada vez menos importante. Parece que la meta ahora es simplemente ser conocido, convertirse en una especie de celebridad en miniatura. ¿Cuántos amigos tengo en Facebook? ¿Cuántas personas leen mi blog? ¿Cuántas entradas aparecen en Google con mi nombre? La visibilidad asegura nuestra autoestima y se vuelve un sustituto del contacto real. No hace mucho, era fácil sentirse solo. Ahora es imposible estarlo.
El resultado es que hemos perdido ambas partes de la dialéctica romántica. ¿Qué significa la amistad cuando tienes 532 “amigos”? ¿De qué manera hay más intimidad cuando leo en Facebook que Sally Smith (a quien no he visto desde el colegio y de quien no era tan amigo tampoco) “está haciendo café y mirando fijamente al infinito”? Mis estudiantes me dijeron que ya les queda poco tiempo para la intimidad. Y por supuesto ya no tienen tiempo para la soledad».
CRÉDITO:
Apartes del ensayo “El fin de la soledad”, escrito por William Deresiewicz. Publicado en la edición 105 de la revista El Malpensante (traducción del inglés por Wilson Orozco). Deresiewicz (Estados Unidos) fue profesor de inglés en Yale de 1998 a 2008. Puede leer el ensayo completo haciendo clic aquí. Edutecno recomienda ampliamente la Revista El Malpensante e invita a sus lectores a suscribirse http://www.elmalpensante.com Los resaltados y subrayados en color verde corresponden al autor del este blog.

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