
Un ingeniero colombiano encontró la manera de que muchos corazones siguieran palpitando. La historia de su marcapasos es la historia del desarrollo de la ciencia y de la medicina en Colombia.
Un niño de unos diez años lo llama insistentemente entre la gente, luego de una conferencia en el Parque Explora de Medellín. Él, rodeado de periodistas, de médicos, de científicos que lo quieren saludar, gira y le abre espacio al niño que pronuncia su nombre y le pide el teléfono. Lo detiene todo, le da la mano.
-¿Mi teléfono?
-Sí. Su teléfono, doctor.
Y él lo pronuncia lentamente, para darle tiempo al niño de que lo anote o de que alguien más lo haga por él. Mientras escribe, el doctor Jorge Reynolds, el colombiano que hace un poco más de medio siglo se atrevió a diseñar un marcapasos, le advierte que ese teléfono, el de su oficina, es un número de Bogotá.
El doctor Reynolds acaba de reconstruir ante un auditorio lleno -quién sabe cuántas veces lo ha hecho en cincuenta y un años-, cómo ocurrió el milagro en el padre Gerardo Flórez, un sacerdote que viajó desde Ecuador y que tras sufrir múltiples paros cardiacos en una mañana, vio en el loco aparato desarrollado por un ingeniero electrónico bogotano, la única alternativa para salvar su vida.
No muchas personas en 1958 tenían un automóvil en Bogotá. Menos un Triumph deportivo, importado. Pero menos común era que alguien utilizara la batería de un carro para mantener vivo a un ser humano y que, siendo ingeniero y no médico, se atreviera a participar en una cirugía.
Unas fotos en blanco y negro, que casi parecen borrarse, muestran los orígenes de la Fundación Shaio, una clínica creada un año atrás, en pleno período de crisis política por la renuncia del general Rojas Pinilla y durante el gobierno de la Junta Militar. Ese mismo año, Jorge Reynolds Pombo había regresado a Bogotá, luego de graduarse como ingeniero electrónico del Trinity College de Cambridge.
“Electrónica era una palabra muy rara. Eso tiene que ver con la bomba atómica”, decían los más discretos. Los otros creían que ese jovencito recién desempacado de Inglaterra lo máximo que podía hacer era reparar planchas. Qué más se podía esperar en un país en el que la electricidad apenas si existía en las ciudades grandes, y el televisor se consideraba un objeto de lujo, pues sólo tres años atrás Rojas Pinilla lo había traído.
La electrónica era una ciencia nueva y como encontrar un trabajo no resultaba fácil, el doctor Reynolds no podía menos que sentirse agradecido por haber ingresado al departamento de Fisiología de la Universidad Nacional. Total, acababan de llegar varios equipos electrónicos y nadie sabía bien cómo funcionaban. Pero a falta de un empleo tenía dos. Compartía su tiempo entre la Universidad Nacional y una caseta de madera, en la carretera a Suba, donde funcionaba la recién creada Fundación Shaio.
Para junio de 1958, Jorge Reynolds ya estaba obsesionado con el corazón humano. Había descubierto que era un sistema completamente eléctrico y que, entonces, además de reparar planchas, podría investigar el tema de la estimulación cardiaca.
Al fin llegó la oportunidad de probar la máquina que había diseñado y con la que sólo había experimentado en animales, utilizando la batería de su Triumph. La fecha precisa no la recuerda, pero las fotos que aún guarda y que ha mostrado en cientos de conferencias alrededor del mundo son evidencia de uno de los días más importantes para la ciencia y la medicina colombiana.
Sólo recuerda que la cirugía se hizo un martes, que empezó como a eso de las tres de la tarde y terminó a las ocho de la noche cuando del pecho del sacerdote salían cables y cinta aislante.
“El día de la cirugía era tanto el grado de estrés, de preocupación, que como en un accidente, que es difícil recordar cómo fue, en qué posición se estaba en el carro, a mí me pasó otro tanto. Tengo borradas muchas cosas que sucedieron una hora antes de que colocáramos el marcapasos y lo que sucedió después”. Lo que sí recuerda con toda claridad es que temía llevar a cabo la cirugía, que se negó en algunas oportunidades, pero que Alberto Vejarano, el médico que acolitó sus investigaciones en la Fundación Shaio, y el padre Flórez lo convencieron. “El sacerdote me eximió de irme a los temibles infiernos” y así, abrieron su tórax y aunque todo salió mejor de lo que el equipo médico imaginaba, el padre Gerardo tenía hipo. Corrigieren el problema y la vida del anciano sacerdote se prolongó 18 años más, y la prensa registró el día de su muerte con el interés que no había mostrado cuando se realizó el implante.
“En Colombia, creo que ningún periódico lo registró. Creo que el primer medio fue The Times de Londres que publicó algo ocho días después, y eso era una velocidad enorme para la época. Luego vinieron una gran cantidad de llamadas por teléfono”, otra novedad porque en 1958 no sólo escaseaban los teléfonos sino que el servicio resultaba un poco más que costoso.
El doctor Reynolds es un hombre sereno, las palabras salen lentamente de su boca y con un acento santafereño muy pronunciado. Tal vez esa serenidad, esa calma, la misma con la que atiende a un niño que le habla en medio de la gente, lo han llevado a estudiar pacientemente el órgano que delata la vida. Como el personaje de El corazón delator de Edgar Alian Poe, Jorge Reynolds ha escuchado cómo palpita el corazón humano durante más de cincuenta años. Pero también ha escuchado cómo palpita el corazón de los deportistas y cómo palpita el de las ballenas, que cada año llegan al Pacífico colombiano para ver el nacimiento de sus ballenatos. Él ha estudiado su palpitar durante veinte años por sus coincidencias con el corazón humano.
Entonces ese hombre, que rondaba los 26 años y contaba con una carrera desconocida, dos empleos y un Triumph entre sus haberes, hoy con el pelo blanco y sobrepasando los setenta años, sin ningún padecimiento cardiaco, ha visto cómo su desarrollo científico le ha salvado la vida a unos 68 millones de personas en el mundo y les permite a veinte millones de corazones palpitar.
Pero todo ha cambiado y él se siente privilegiado de ver la manera como ha sucedido. Los carros abundan. El marcapasos de 45 kilos que mantuvo con vida al padre Flórez durante 18 años dependía de la batería de dos carros, el Triumph del doctor Reynolds y de un Chevrolet; así como de un monaguillo que transportaba el aparato. Hoy resulta difícil saber si alguien porta un dispositivo de este estilo dentro de su cuerpo, y dentro de muy poco, probablemente el marcapasos será sólo la cuarta parte de un grano de arroz. El responsable sería de nuevo Jorge Reynolds y su equipo, que desde hace varios años trabajan en un “nanomarcapasos”, no sólo de un tamaño que hace medio siglo habría sido un chiste, sino que tendría costos infinitamente menores.
Jorge Reynolds es un hombre silencioso, de pocas palabras, casi tímido, pese a los reconocimientos que en los últimos años ha recibido. La historia de su marcapasos la cuenta siempre con humor, incluso en son de burla la denomina una “opereta tragicómica”, de la que nadie puede dudar que tuvo un desenlace feliz. Pues curiosamente, con más dificultades, con menos apoyo, Jorge Reynolds llegó a un final más exitoso que el de otros científicos que ese mismo año, en Estados Unidos y en Suecia trabajaban en el mismo tema: un marcapasos. Sin embargo, sus pacientes no tuvieron igual suerte que el padre Flórez. Su marcapasos funcionó un par de horas o de días, mientras que un equipo con inventiva colombiana mantuvo durante 18 años con vida a un hombre que es tan significativo como el mismo invento de Reynolds. No cualquiera en 1958 habría permitido que ensayaran con su corazón y menos depender de una batería de automóvil. Por qué hacerlo si incluso muchos médicos de la época no le daban crédito a las investigaciones del ingeniero de “planchas” o de bombas atómicas.
El hecho es que Reynolds hoy está tan empecinado como hace más de medio siglo en que los corazones sigan latiendo. Claro, ahora dicta más conferencias y no permanece mucho tiempo en su oficina de Bogotá. Muchos auditorios del mundo quieren escuchar cómo logró la proeza.
CRÉDITO:
Artículo publicado en la Revista Avianca en Revista correspondiente a Abril de 2009. Foto David Estrada; tomada del portal Universia. Este artículo se reproduce aquí unicamente con fines de ilustración de la enseñanza y complementa el artículo “Científicos Latinoamericanos“, publicado en este blog en diciembre 27.










0 respuestas hasta ahora ↓
No hay comentarios todavía ... Le agradecería que empezara por llenar el formulario que aparece a continuación.
Haga un comentario