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¿UNA HUMANIDAD SIN HUMANIDADES? II

Febrero 3rd, 2008 · No Comments · Artículos

Interesante texto del filósofo español Fernando Savater, en el que descalifica los temores infundados que muchas personas tienen con respecto a los efectos negativos que las tecnología puede tener para la sociedad. Además, pone de presente que las matemáticas y las ciencias naturales también hacen parte de las humanidades, dado que en el renacimiento, esta era una denominación que se daba a las asignaturas de origen humano en contraposición a las de origen divino.

El Valor de Educar«Un poco por debajo de quienes hoy se empeñan en mantener en el terreno educativo estas hemiplejias anticuadas (por lo común movidos por intereses más personalmente alimenticios que genéricamente culturales) están los predicadores que consideran inevitable nuestra deshumanización (?) por culpa de los ordenadores, los vídeos, Internet y otros inventos del maléfico. Para empezar, dado lo canalla que suele ser cuanto se disculpa diciendo que es un comportamiento “muy humano”, tentado está uno de pensar que deshumanizarnos un poco podría sernos favorable en lo que a decencia toca. Pero lo cierto es que ninguno de tales instrumentos tiene por que perturbar en modo alguno nuestra humanidad, ni siquiera nuestro humanismo. Son herramientas, no demonios; surgen del afán de mejorar nuestro conocimiento de lo remoto y de lo múltiple, no del propósito de vigilar, torturar o exterminar al prójimo: si finalmente se los emplea para tales fechorías, es culpa de cualquiera, menos de las máquinas. En el siglo XIX, serios doctores diagnosticaron que ver pasar vacas y árboles desde un ferrocarril a la demencial velocidad de veinte kilómetros a la hora no podía por menos de causar irreversibles trastornos psíquicos a los viajeros. Otros habían hecho antes profecías no menos lúgubres respecto a la imprenta, por no mencionar los recelos escalofriantes que rodearon la popularización del teléfono. Es regla general que tales herramientas no sólo deshumanicen a nadie sino que sean enseguida puestas al servicio de lo más humano, demasiado humano: en Internet, por ejemplo, el entusiasmo ya patente por la pornografía y el cotilleo puede tranquilizar a los más suspicaces a tal respecto. En su día, el invento que Gutemberg quería poner al servicio de la Biblia y otras obras piadosas sirvió enseguida para convertir en Best-seller el Gargantúa de Rabelais. Etc. Por supuesto tan erróneo es el dictamen apocalíptico que certifica la abolición del espíritu por culpa de los ordenadores como la beatitud trivial de quienes creen que la inteligencia de esos aparatos logrará darles la agilidad mental de la que carecen.
[...] Pero antes de seguir más adelante, quizá convenga preguntarse de dónde viene ese calificativo de “humanidades” que reciben ciertas materias todavía hoy. La denominación es de origen renacentista y no contrapone ciertos estudios muy “humanos” con otros “inhumanos” o “deshumanizados” por su sesgo técnico-científico (los cuales no existían en la época) sino que los llama así para distinguirlos de los estudios teológicos o los comentarios de las escrituras. Los humanistas estudiaban humanidades, es decir: se centraban sobre textos cuyo origen era declaradamente humano (incluso aún más: pagano) y no supuestamente divino. Y como tales obras estaban escritas en griego o latín clásico, esas lenguas quedaron como paradigma de humanidades, no solo por su elegancia literaria o por sus virtudes filológicas para analizar los idiomas de ellas derivados, sino también por los contenidos de ciencia y conocimiento no revelados por la fe a los que podía llegarse utilizándolas. En tal sentido, los “Elementos de geometría” de Euclides formaban parte de las humanidades ni más ni menos que el Banquete de Platón.
[...] Desde luego, los estudios humanísticos han ido pasando a partir de ese origen por muchas transformaciones académicas y sociales, hasta llegar a la polémica situación actual ya comentada. Pero me parece importante recordar que nacieron de una disposición laica y profana (en el sentido de este término que se opone a lo sagrado), recobrando y apreciando el magisterio intelectual de nuestros semejantes más ilustres en lugar de esperarlo de la divinidad por medio de sus portavoces oficialmente autorizados».

CRÉDITOS:
Savater, Fernando (1996): El valor de educar. Editorial Ariel, Bogotá. Este fragmento está compuesto por apartes de las páginas 128-131 del mencionado libro y se reproduce aquí únicamente con fines exclusivos de ilustración de la enseñanza, de acuerdo con: Artículo 10 del Convenio de Berna (OMPI); Artículo 22 del Acuerdo de Cartagena, Decisión 351 de la CAN; Artículo 32 de la Ley 23 de 1982 de Colombia. Ver el artículo Limitaciones a los Derechos de Autor.

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